¿Se ha parado el mundo o está operando en otros planos? ¿Y si hubiese un hormigueo que no alcanzamos a ver? ¿Y si en cada ventana surgiese un replanteo general? Muchas cabezas preguntándose cosas, esa sumatoria de energía no convencional, podría iluminar al mundo.

La llegada de la pandemia le puso un frenazo a la vida insostenible (en términos socio ambientales) que llevábamos. El hecho de que haya afectado a casi todas las variables a la vez (es una crisis sanitaria, política, económica, social y ambiental) hace que sea un fenómeno histórico y posiblemente una gran oportunidad para la humanidad en su camino hacia un modelo sostenible. La economía y las finanzas, la empresa tradicional y el conjunto de las instituciones, cohabitan frágiles ante el cimbronazo que deja al descubierto un esquema abusivo de producción y consumo, la rabiosa exclusión de millones de personas, unos hábitos pocos saludables y malversaciones hasta en el uso del tiempo, es decir, una gestión inapropiada de casi todo. Teniendo en cuenta su condición y el contexto en que se expresa, podríamos concluir que la pandemia originó la tormenta perfecta y estableció un nuevo orden de naturaleza inapelable. El flamante mandato acorrala y exige utilizar la razón para dirimir la totalidad de los dilemas. Se antepone a los criterios que regían en el mundo anterior dominados mayoritariamente por el arbitrio y la emocionalidad de quienes tomaban las decisiones.

El diseño y la ejecución de una nueva normalidad resultarán inexcusables. La incerteza (¿el virus?) nos empuja a la formulación inacabada de preguntas. La cabeza a tope de interrogantes, como si fuese la de la vieja publicidad de Geniol pero, en vez de clavos, llena de signos de preguntita. No importa si sos yogui o trabajás en un banco, si das clases o jugás un deporte profesional, si atendés al público o manejás un avión; los que estamos activos, incluidos los que tienen 10 o 100 años, nos empezamos a preguntar cómo hacer lo que vendrá. Cómo será pero también cómo hacerlo, considerando que en muchos aspectos no habrá vuelta atrás. La intensidad y variación del repertorio es apabullante. Preguntas filosóficas relacionadas al buen vivir, sobre si alumbraremos una nueva noción de Libertad o por qué es necesario que haya justicia en la organización que nos damos. Y otras más sencillas en apariencia: ¿De qué voy a trabajar? ¿Cómo será la educación de mis hijos? ¿En qué tipo de ciudad voy a vivir? ¿Cómo atenderé mi salud? ¿Qué elegiré para comer? ¿Podré elegir?

No imagino naciones poniéndose de acuerdo, ni bloques comerciales, ni diálogos interreligiosos. Lo que percibo es más humano, algo primordial y sincero, incapaz de validar el mundo inmisericorde en el que vivíamos. Sin la pretensión de categorizaciones, sin nombre. Millones de personas pensando en la intimidad y luego intercambiando con otros, por ahora en el espacio virtual, sobre cómo querremos anudar la trama de lo nuevo. Encuentro que por ahí vendrán los cambios verdaderos. A partir de las conclusiones que podamos sacar, de los deseos que podamos expresar, de la capacidad que tengamos para reinventar lo que hacíamos. Como si estuviésemos ejercitándonos comunitariamente y acumulando la suma de una energía no convencional. ¿Canalizaremos todo eso a través de liderazgos tradicionales o también surgirá algo nuevo que nos represente?

Seguimos en cuarentena y no es cierto que se haya detenido el mundo. Porque, aun confinados, seguimos latiendo humanos. No abandonamos en la puerta de entrada de nuestras casas las emociones ni los miedos pero tampoco la esperanza, las ilusiones y los anhelos de transformación. No estoy tan seguro de que cuando se abra la puerta salgamos a comprar de lo que sea desaforadamente, a tomarnos todos los aviones, a inundar los bares y a estar de cuerpo presente en todos los recitales. ¿Y si hubiéramos empezado a escuchar lo que dicen los más jóvenes en el mundo entero: “la casa está en llamas, hay que atender ahora lo que pasa, no nos dejarán nada…”?

El cambio climático, esa otra pandemia, está mucho más cerca de hacernos conocer toda su furia. Ahora que recuperamos transitoriamente el tiempo y el espacio vital, ahora que no estamos amontonados ni corriendo, ¿estaremos más proclives a entender la magnitud de lo que acecha? ¿Tendremos la capacidad de validar el nuevo orden impuesto por las circunstancias? Primero el ambiente, después las personas y, finalmente, la economía. Y no me refiero al reciente abordaje conceptual que hace la política frente a la coyuntura, hablo de los pilares de la sustentabilidad. No se pueden hacer negocios, trabajar de lo que sea, educarnos o criar a nuestros hijos saludablemente si no privilegiamos el nuevo bien común que contempla el bienestar de todos los ecosistemas y sus especies. ¿Podríamos seguir sosteniendo un orden inverso, es decir, primero la economía, después las personas, luego el ambiente? ¿En qué ámbito haríamos nuestras transacciones si no contásemos con el ambiente (o si nos fuera hostil como la evidencia científica nos viene marcando)? Asimismo, ¿podríamos desarrollarnos humanamente y tejer nuestros vínculos en una Tierra arrasada por las pandemias, la contaminación y la crisis climática? Una economía que no contemple a las personas ni al ambiente también resultaría inviable, no se sostendría en el tiempo por las múltiples variables que estamos viendo con tanta claridad en estos días.

La nueva conversación entraña una interpelación al mundo en el que vivíamos. Tenemos a mano la posibilidad de recalcular y decidir sobre todo lo que la pandemia deja ver. Ojalá podamos hacerlo, generosos, cooperando y en comunidad. Y que lo nuevo se deje oler, que lo nuevo nos haga andar despiertos, que lo nuevo resulte encantador en el sentido austero que tiene la palabra. Porque eso nos hará vibrar y activar, es decir, apropiarnos de cada minuto de nuestras vidas.

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