El calentamiento del planeta, que provocó los dramáticos incendios en Australia, demanda nuevas estrategias productivas con foco en esquemas más sustentables.

El agro norteamericano, el más productivo del mundo, experimentó el segundo año más caluroso de su historia en 2019, con temperaturas superiores a 40º centígrados; y sufrió el cuarto verano más cálido desde que se llevan registros (1857) en 2018, con temperaturas que aumentaron 1,2º centígrados sobre el promedio de las cuatro décadas pasadas. La tendencia es nítida; y la proyección indica que la temperatura pueda elevarse hasta 6,1º centígrados en 2100.

El cambio climático golpea inexorablemente a la producción agrícola estadounidense; y todos los cultivos del Medio Oeste son extremadamente vulnerables al alza de la temperatura atmosférica.

En especial, el más vulnerable de todos es su grano estrella, el maíz. En 2012, cuando Estados Unidos experimentó el inicio de un ciclo de tres años de temperaturas extremas, especialmente en julio, corazón del verano en el Hemisferio Norte, los rendimientos del maíz cayeron 16%; y esto empujó el precio del grano a niveles récord. Hay que agregar que los rendimientos del maíz estadounidense pueden experimentar una caída todavía mayor en 2020.

En Estados Unidos, el maíz es muy vulnerable al aumento de la temperatura.
En Estados Unidos, el maíz es muy vulnerable al aumento de la temperatura.

También se han intensificado en el “Corn Belt” los efectos indirectos del calentamiento de la atmósfera, que provocan un distinto grado de evaporación, con más horas de cielos cubiertos y menos luz del sol que llega a las plantas.

El aumento sistemático de la temperatura ha modificado la geografía agrícola; y el resultado ha sido que zonas de Canadá fronterizas con el Ártico de pronto se han convertido en espacios productivos de maíz; y al mismo tiempo –notoriamente-, la siembra de soja se ha desplazado hacia regiones impensables hace poco tiempo.

El cálculo del Ifpri (el Instituto de Investigación de Políticas Alimentarias, por sus siglas en inglés) de Washington D.C. es que la producción granaría estadounidense, sobre una base de 436 millones de toneladas en 2010, treparía a 511 millones de toneladas en 2050, si se presume el impacto del cambio climático en los actuales términos y con una población que crece al ritmo promedio de la última década, tanto en número como en ingresos.

Por el contrario, si se descarta metodológicamente el cambio climático, la proyección del Ifpri es que la producción de granos de EE.UU. alcanzaría a 711 millones de toneladas en 30 años.

Frente a esta situación, la cuestión ahora es la respuesta que otorguen los farmers, y en general el agro avanzado del mundo, incluyendo Brasil y la Argentina, al desafío existencial que implica el calentamiento de la atmósfera.

Todo depende en este momento histórico de la celeridad que adquiera la adaptabilidad de la producción agrícola global a esta modificación estructural, irreversible, de sus condiciones productivas.

Lo primero que conviene señalar es que la respuesta del agro mundial no es primordialmente tecnológica –nuevas semillas, mejores nutrientes, etc-; o lo que hasta aquí se ha hecho respecto a las temperaturas récord o los excesos de lluvia.

Se impone una nueva forma de producción, una transformación orgánica, paradigmática, acorde con la época histórica que se acaba de inaugurar. La experiencia de Australia, el país más golpeado por las temperaturas extremas, convertidas en sequías inéditas e incendios catastróficos se orienta claramente en ese sentido.

Los productores australianos, sobre todo en los estados más afectados por la sequía – Victoria y Nueva Gales del Sur- son los primeros que han advertido el carácter salvador de la siembra directa, como forma de cultivo que mejora los suelos y mantiene acumulados los niveles de humedad.

Está probada la eficacia de la siembra directa para enfrentar el estrés que provocan las extraordinarias temperaturas que agobian las plantaciones australianas de maíz y trigo, y que ha generado beneficios en sus rendimientos de hasta 35% en los últimos 5 años.

Lo que está en marcha en el agro australiano con la adopción generalizada de la siembra directa es una forma de producir alejada estructuralmente de la intensidad de capital característica de la producción agrícola de EE.UU., hasta ahora su punto de referencia y modelo a imitar.

Lo que sucede en Australia, en medio de temperaturas infernales, con incendios que han destruido toda actividad agrícola y urbana en una superficie semejante a la de Francia, con más de 30 muertos y miles de hogares arrasados, es que la respuesta al desafío del cambio climático y el calentamiento de la atmósfera se ha mostrado que está en la propia naturaleza; y no, en modo alguno, en el aumento de la intensidad del capital o en una perspectiva puramente técnica y tecnológica.

Fuente: Clarín – https://www.clarin.com/rural/cambio-climatico-exige-nueva-forma-produccion-agricola_0_qYF26ntM.html