¿Qué tipo de transformaciones debería llevar a cabo la economía para enfrentar los actuales retos sistémicos? Recorremos tres posibles “Escenarios de trabajo en la transición ecosocial 2020-2030”, recogidos en un informe de Ecologistas en Acción que explora el vínculo entre trabajo y emisiones efecto invernadero.

En menos de un año estamos viviendo varios fenómenos excepcionales: i) Incendios en Australia de una extensión y virulencia extremadamente inusual en los últimos 12.000 años. Entre las causas destaca el cambio climático. ii) Cinco gotas frías en el Levante, algo muy extraño, una de ellas en invierno y especialmente fuerte (Gloria), lo que es todavía más excepcional. Detrás está fundamentalmente el cambio climático. iii) Pandemia de COVID-19. En noviembre de 2019, no pensábamos que una pandemia iba a parar medio mundo. Incluso cuando paró China, seguimos pensando que eso nunca sucedería en el resto del planeta. Pero ha sucedido. Una de sus causas centrales es la degradación ecosistémica. iv) Plagas de langostas en Asia y África extraordinariamente destructivas que tienen, una vez más, al cambio climático detrás. v) Temperaturas que rozan los 40ºC en el Ártico que, huelga decirlo, no son nada normales y son consecuencia de la emergencia climática. v) Finalmente, una gran crisis económica. En 2007/2008 se inició una de esas crisis profundas del capitalismo que suceden una vez cada siglo. Tan solo 12 años después tenemos otra. Una de sus causas, más determinante de lo que parece, es haber alcanzado el límite máximo de disponibilidad de petróleo.

Lo que estamos experimentando en estos meses no es una acumulación de casualidades increíbles, sino indicadores claros de que estamos asistiendo al colapso del capitalismo global y de la civilización industrial. Un colapso socioeconómico no es un hecho súbito, algo que suceda de golpe como el desmoronamiento de un edificio. Sino un proceso que dura décadas. Habrá momentos de cambios rápidos, como este último año, otros más lentos e incluso algunos (temporales) de vuelta a estadios anteriores. En definitiva, nuestro mundo no es el de la “nueva normalidad”, sino el de las excepcionalidades constantes.

Pero este colapso puede discurrir por caminos muy distintos. Por ejemplo, el cambio climático no es un proceso lineal. Pasado un umbral determinado (que probablemente esté en un incremento de temperatura de 1,5ºC, del que ya estamos muy cerca), va a dar igual cuantas emisiones realice el metabolismo humano, porque el propio planeta se convertirá en emisor neto de gases de efecto invernadero. Y esto no cesará hasta alcanzar otro nuevo equilibrio 4-6ºC superior al preindustrial, que haría inhabitable para el ser humano la gran mayoría de la Tierra. Como se ve, no es en absoluto irrelevante si se supera dicho umbral.

De este modo, atendiendo a la emergencia climática, una pregunta pertinente es: ¿cuál debería ser el nivel de reducción de emisiones para no sobrepasar 1,5ºC? Para conseguirlo, Naciones Unidas plantea que las reducciones tienen que ser del 7,6% al año a nivel global. Esto implica una reducción del 58% en 2030 respecto a las emisiones en 2019. Pero, en un mundo atravesado por la desigualdad, las responsabilidades de unos territorios y otros no son las mismas. Para nuestro Estado, que es uno de los principales emisores históricos y per cápita del mundo, las reducciones tendrían que ser mayores, por lo menos del 10% al año. Esto significa una bajada del 65% en 2030. Todo esto sin contar con disminuciones adicionales fruto de absorciones, que también habría que realizar.

Para entender qué tipo de transformaciones habría que llevar a cabo en el mundo del trabajo, y por ende en la economía, en Escenarios de trabajo en la transición ecosocial 2020-2030 hemos modelado tres tipos de políticas. En un primer escenario, que denominamos BAU, planteamos que todo siguiese, más o menos, en el mismo sentido que va en la actualidad. El resultado es catastrófico, pues las emisiones aumentan un 21% en 2030 respecto a 2019. Lo que tendríamos por delante serían veranos aún más tórridos y largos, con lo que eso conlleva de reducción de la disponibilidad de agua para el turismo o la agricultura (no olvidemos que el verano ya dura en la Península ibérica 5 semanas más). O tormentas como Gloria más frecuentes, virulentas y, lo que puede ser peor, encadenadas. Es claramente el peor escenario, incluido para el empleo, pues sin planeta no hay trabajo.

El segundo escenario lo hemos denominado Green New Deal (GND). Incluye los componentes habituales de las propuestas de capitalismo verde, con un fuerte incremento de las renovables de alta tecnología, las TIC y el Estado social, pero es un GND decrecentista, pues también modela una importante reducción de la movilidad o de la climatización de los espacios públicos y privados. Es un escenario que no contempla que en la próxima década vaya a existir ningún límite en la disponibilidad material y energética para la puesta en marcha de este tipo de desarrollos, algo que es improbable.

El escenario GND reduce de forma considerable las emisiones (-45%), pero se queda lejos de hacerlo de manera suficiente (-65%), incluso sin considerar la justicia climática (-58%). Podríamos decir que, como poco, va a una velocidad inadecuada. Y la velocidad es fundamental en el escenario de emergencia climática pues, cuanto más tiempo tardemos en conseguir que la concentración de CO2 se sitúe por debajo de las 350 ppm (actualmente supera ampliamente las 400), más posibilidades habrá de que se supere el umbral de los 1,5ºC.

De este modo llegamos al tercer escenario, el Decrecimiento (D). Este reduce de forma robusta el consumo de energía y materiales, y construye una economía más pequeña, local e integrada en los ecosistemas (es decir, más agroecológica y menos industrial). También apuesta por la desalarización y por la construcción de autonomía política y material, que son elementos centrales para romper con el capitalismo que, a su vez, es el vector central de destrucción ambiental. Para visualizarlo, la actividad económica en 2030 que modela este escenario encajaría con la de este mes de abril en España, pero articulada en gran parte por la economía social y solidaria.

El escenario D alcanza las reducciones necesarias de GEI (-68%) acordes a criterios de justicia ambiental internacional. Pero, a diferencia de los escenarios BAU y GND, que crean empleo neto manteniendo el actual mercado laboral, destruye 2.000.000 de puestos de trabajo. Las reducciones son especialmente duras en turismo, transporte y construcción. En cambio, en otros sectores hay creación neta de trabajo asalariado, especialmente el alimentario con 700.000 empleos. El resultado final es que el sector alimentario pasa a ser el tercero con más horas dedicadas, solo por detrás del de cuidados remunerados (sanidad, educación, etc.) y comercio, y a un nivel similar que el de servicios.

La economía se hace mucho más local, con un recorte de un 80% del tráfico marítimo (principal fuente de entrada de mercancías en España), lo que conlleva una revitalización de sectores industriales como el procesado de alimentos, la fabricación de muebles o el textil.

En el plano personal, las emisiones de la climatización de los espacios públicos y privados se reducen un 50%. Esto implica, más allá de medidas de aumento de la eficiencia, cambiar aires acondicionados por ventiladores, o pasar de calentar las casas a calentar determinadas estancias (el baño o la sala de estar) o a las personas (braseros debajo de mesas camilla). También hay una fortísima reducción de la movilidad en avión y en automóvil.

Una conclusión importante de que el escenario D sea el único que consigue realizar las reducciones necesarias para encarar la emergencia climática es que las políticas que contempla tienen que acompañarse de una reestructuración drástica del sistema laboral. Una primera media sería el reparto del trabajo (no solo del empleo, sino también de las tareas de cuidados no remuneradas). Por ejemplo, con una jornada de 30 horas semanales y reparto del empleo, en el escenario D se generarían 1.300.000 empleos netos. Pero a buen seguro que serían también imprescindibles mecanismos de reparto de la riqueza, como la renta básica de las iguales o expropiaciones (también de tierras para poder poner en marcha la fuerte ruralización que el escenario D dibuja como necesaria). Dicho de otro modo, la transición ecológica debe ser al tiempo hacia sociedades más justas y autónomas.

Otra conclusión es que no podemos enfrentar la crisis ambiental, la crisis de la vida, sin cambios muy importantes en la economía y la organización social. Estos cambios no solo son muy complicados y urgentes, sino que no van a estar exentos de dolor social. Estamos la noche antes del examen de selectividad y apenas hemos empezado su preparación. Esta noche, no nos engañemos, va a ser de todo menos fácil, exenta de mucho esfuerzo y de decisiones difíciles.

Finalmente, esta profunda reestructuración socioeconómica puede tener sentido no solo ambiental, sino también vital. Si se pusiesen en marcha las medidas planteadas en el escenario D, trabajaríamos menos horas en total, dedicaríamos más a los cuidados no remunerados, menos al empleo (tanto público como privado) y aparecería un campo de trabajo autogestionado no capitalista enmarcado en la economía social y solidaria. Para mí, una vida que merece más ser vivida.

El Salto Diario – https://www.elsaltodiario.com/mecambio/cambios-sistemicos-para-crisis-sistemicas