Las amenazas del cambio climático sobre la Ballena Azul es uno de los múltiples temas que debatió la Conferencia de las Partes (COP13) de la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias de Animales Silvestres.

La Ballena Azul (Balaenoptera musculus) se encuentra en todos los océanos de la Tierra excepto en el Ártico. Se estima que su población mundial oscila entre 10 mil y 25 mil individuos.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) señala que esa cifra significa entre tres y 11 por ciento de la población de esta especie que existía en 1911.

Son uno de los animales más grandes que han vivido en el planeta, con un peso de hasta 200 toneladas y una longitud de hasta 30 metros. Suelen dar a luz a una sola cría cada dos o tres años y, aparte del período de cría, estas ballenas parecen viajar solas o en pequeños grupos.

La dieta de la Balaenoptera musculus está compuesta principalmente de krill (crustáceos planctónicos parecidos a los camarones).

Las ballenas necesitan comer unos cuatro mil kilogramos por día durante los meses de verano. Las ballenas azules típicamente necesitan estar cerca de la superficie del agua para alimentarse por la noche; es necesario bucear a mayores profundidades para seguir las migraciones verticales diurnas del krill.

Aunque se carece de conocimientos sobre las pautas de migración de poblaciones discretas, se les ha observado alimentándose en las aguas antárticas durante los meses de verano antes de migrar hacia aguas más cálidas para su ciclo de reproducción invernal.

Históricamente, la principal amenaza para la Ballena Azul era la caza comercial. Las poblaciones disminuyeron drásticamente, lo que provocó varias prohibiciones internacionales de su captura. Lo cual ayudó a la especie a recuperarse hasta los números actuales.

Las amenazas que se ciernen sobre estas criaturas, como la pérdida de hábitat, el enredo en artes de pesca, la contaminación química y acústica y la sobrepesca de krill, se sumó el actual cambio climático provocado por el hombre.

El derretimiento de los hielos polares debido al calentamiento global es reconocido como una amenaza indirecta para estos gigantes del mar, pues su principal alimento, el krill, depende del plancton de las algas y existe una fuerte asociación entre parte del plancton y el hielo.

Algunas algas marinas se encuentran en la parte inferior del hielo en grietas y hendiduras. Las algas también están atrapadas entre los cristales de hielo que se forman durante el otoño cuando el agua de mar se congela. Las algas marinas crecen alrededor del hielo durante el invierno, proporcionando una rica dieta a las poblaciones de krill que pasan la temporada bajo el hielo marino.

Cuando el hielo se derrite en verano, las algas se liberan en el agua donde se fotosintetizan y se multiplican, proporcionando alimento para varias especies como el krill.

El derretimiento del hielo es por tanto un serio motivo de preocupación, puesto que niveles más bajos de hielo reducen el hábitat óptimo para el plancton marino.

Por otro lado, el derretimiento del hielo antártico tendrá un efecto más directo sobre la Ballena Azul en la medida en que estas se verán obligadas a migrar cientos de kilómetros más al sur, tal vez más de 500, para llegar al hielo en retirada donde crecen las algas marinas y se alimenta el krill.

Esto hace que la migración sea más larga para las ballenas azules, absorbiendo más energía y dando lugar a una temporada de forrajeo más corta, que es su principal época de alimentación.

Las reservas energéticas que estos animales acumulan durante este período deberían sostenerlas durante la época de migración y reproducción. Y si no pueden acumular suficientes reservas energéticas debido a la menor temporada de alimentación, los gigantescos animales podrían pasar momentos particularmente críticos. El momento de la floración de las algas es también un asunto complejo para la supervivencia de las ballenas. Si esos florecimientos son impredecibles debido a un clima errático, las ballenas sufrirán los impactos negativos en su capacidad de alimentarse y su reproducción se vería igualmente afectada.

También, además de calentarse, las aguas marinas se están volviendo cada vez más ácidas debido a la absorción de dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera, un proceso problemático para los crustáceos como el krill, que necesitan iones de carbonato para formar sus exoesqueletos basados en carbonato de calcio.

Se sabe que la acidificación del océano inhibe la viabilidad de los huevos de krill, que se hunden en aguas profundas y frías para eclosionar, pero estas aguas también comienzan a contener mayores cantidades de CO2, lo cual reduce el éxito de la eclosión.

Así, los impactos negativos del cambio climático y la acidificación del océano son muy preocupantes, pues el krill desempeña un papel fundamental en la supervivencia de la Ballena Azul y del ecosistema antártico en general.

Fuente: Prensa Latina – https://www.prensa-latina.cu/index.php?o=rn&id=346080&SEO=ballena-azul-amenazada-por-el-cambio-climatico